Duelo en niños y adolescentes

duelo infantil

El duelo es un proceso de adaptación ante una pérdida de alguien o algo importante en nuestras vidas. Es un proceso activo, normal, dinámico (va cambiando), dependiente del reconocimiento social (necesitamos el apoyo de otros) e íntimo (cada persona lo vive de forma única). Supone un camino en el que hay que aprender a vivir sin esa persona o sin aquello que hemos perdido. Por este motivo, se experimenta una sensación de falta de control en el que la reacciones emocionales suelen ser culpabilidad, enfado, indefensión y tristeza.

Habitualmente se entiende el duelo como la pérdida de un ser querido, pero puede haber diferentes experiencias de pérdidas (fallecimiento de un familiar o mascota, separación de padres, pérdida de amistades, terminar una relación de pareja, etc.) que nos lleven a ese proceso de adaptación.

Este blog está enfocado a hablar sobre el duelo por la pérdida de un ser querido, sin embargo, se puede utilizar como guía para el resto de pérdidas. Si bien el duelo tiene muchos aspectos comunes en todas las edades, en niños y adolescentes es imprescindible conocer las diferencias evolutivas para acompañarles de manera correcta en este proceso.

Comprensión de la muerte por edad

La comprensión de la muerte está muy determinada por la edad o nivel de desarrollo de cada niño. Dentro del concepto de pérdida hay 5 elementos (carácter universal, irreversible e incontrolable de la muerte, en la que el cuerpo deja de funcional y supone el final de la vida) que van evolucionando y cambiando según la edad.

Hasta los 6 años no entienden el carácter irreversible de la muerte, creen que sus seres queridos vivirán para siempre. Tampoco tienen adquirido el concepto de irreversibilidad, piensan que la muerte puede ser interrumpida. Asimismo, tienen la creencia de que su cuerpo sigue funcionando (que pueden sentir calor, frío, que pueden oír o hablar). Un aspecto característico de los más peques es que puede aparecer pensamiento mágico. Esto significa que pueden llegar a pensar que sus pensamientos y conductas son causantes de la muerte.

A partir de los 7 años ya empiezan a tener claro el concepto de muerte, su irreversibilidad y que el cuerpo ya no funciona. Desaparece el pensamiento mágico, dejan de pensar que sus pensamientos son causantes de la muerte o que con sus conductas pueden hacer que esa persona vuelva. Siguen siendo muy curiosos y necesitan razonarlo todo.

No es hasta los 11-12 años cuando hay una verdadera aceptación de la propia muerte y de la de otros, entienden que ellos mismos y los demás pueden morir por diversos motivos. En la adolescencia la elaboración del duelo es similar a la de los adultos y se interesan por lo que sucede después de la muerte.

Expresión del duelo por edad

Igual que ocurre con la comprensión del duelo, su expresión difiere en función del momento evolutivo en el que se encuentre el niño. No obstante, también depende de otros aspectos como la relación con la persona fallecida.

En niños, predomina la irritabilidad, agresividad y/o aislamiento. Pueden regresar antiguos miedos como acostarse o quedarse solos. Les angustia la separación de las figuras de referencia y temen que se produzcan otras muertes. Tienen mucha curiosidad y hacen muchas preguntas. Se expresa más con juegos y actividades (dificultades de concentración y rendimiento, dificultades en la relación con sus compañeros) que con palabras. Asimismo, la duración del proceso es más corta.

En adolescentes es similar al duelo adulto, sin embargo, pero sus expresiones se viven más intensamente y tienen una alta carga emocional. Por la etapa de cambio y transición en la que se encuentran, suele haber más conflictos con los padres, buscan apoyo en el grupo de iguales y pueden aparecer más sentimientos de culpabilidad. En ocasiones no quieren compartir aspectos de la muerte por no mostrarse vulnerables ante los demás.

¿Cómo comunicar la pérdida?

Es normal tener dudas sobre cómo comunicar la pérdida a los niños por miedo a no hacerlo de la manera correcta. Ya os he explicado aspectos evolutivos que os orientarán a cómo hablar con vuestros hijos, sin embargo, cuando nos plantemos hablar con un niño o adolescente sobre la pérdida de un ser querido también es importante determinar quién será el encargado, cuándo, dónde y cómo lo va a hacer.

Es preferible que lo haga una persona cercana. Que lo haga inmediatamente o lo antes posible, en un lugar tranquilo y seguro para el niño. Hay que comunicarlo de forma clara, sin demasiados detalles. Utilizar un contacto físico apropiado, con un tono de voz cálido. Compartiendo las propias emociones e interesándose por por sus sentimientos y pensamientos de lo ocurrido. También es recomendable preguntarle por sus dudas. Son ellos los que te van guiando sobre cuánta información necesitan. Asimismo, se debe evitar utilizar eufemismos o metáforas como “se fue a un sitio mejor”, «se ha quedado dormido» o «nos ha dejado» ya que eso hace que no lo entienda, le entren dudas y desencadene miedos. Hay que dejar claro el suceso, comunicar la noticia transmitiendo la universalidad e irreversibilidad de la muerte.

Pautas tras la pérdida

Una vez lo hemos comunicado, hay una serie de pautas de cuidado que favorecerán la expresión y manejo de sus emociones en esos momento difíciles.

  • Permítele compartir la pérdida con otros familiares. Si lo demandan, pueden acudir a los velatorios y/o funerales (adecuando el tiempo y las explicaciones a la edad). También dependiendo de la edad, se pueden hacer visitas al cementerio. Esto ayudará a que constaten la ausencia.
  • Recordar momentos felices y hablar de la persona fallecida. Un actividad recomendable es hacer una caja de recuerdos de esa persona o una carta de despedida. También es útil mirar fotos de la persona fallecida. Con los más peques el uso del dibujo es una herramienta para expresarse con facilidad. Esto ayudará a recolocar emocionalmente a la persona.
  • En la medida de lo posible, hay que mantener la rutina y los tiempos de ocio.
  • Acompañarle y apoyarle emocionalmente. Ser flexible y validar sus emociones. Permitirles llorar, expresar rabia o cualquier otra emoción. Con los más peques se pueden leer cuentos sobre el tema.
  • Coordinarse con el centro escolar para que el brinden apoyo.
  • En adolescentes es recomendable mostrar disponibilidad, pero sin insistir. Es más probable que busquen el apoyo en los iguales.

Conductas que pueden indicar un duelo complicado

Aunque es un proceso natural, que varía en función de la persona, hay ciertas conductas que si se mantienen en el tiempo o son excesivas, nos están indicando que hay que valorar acudir a un profesional para trabajar el duelo.

Hasta los 6 años:

  • Pérdida de autonomía que se traduce en dificultades para hacer cosas que hacía antes de la pérdida.
  • Llantos constantes o síntomas de apatía y tristeza profunda.
  • Negativa a comer o pérdida profunda de peso.
  • Miedos desproporcionados.
  • Insomnio y pesadillas frecuentes.
  • Dificultades y ansiedad ante la separación de los padres.

De 6 a 12 años:

  • Aislamiento familiar y social. Dificultades para que se comunique en casa y bajo contacto con amigos.
  • Aparente anestesia emocional. Dificultades para expresar sus emociones.
  • Sentimiento de responsabilidad excesivo por el que siente la necesidad de cuidar a otras personas.
  • Manifestaciones persistentes de agresividad, ansiedad o bajo estado de ánimo.
  • Disminución significativa del nivel de actividad. No le apetece hacer ni participar en nada.
  • Problemas de concentración mantenidos en el tiempo que pueden repercutir en el rendimiento académico.
  • Miedos prolongados que no son acordes a su edad.
  • Dificultades para separarse de los padres mantenidas en el tiempo.
  • Somatizaciones persistentes (dolor de cabeza, tripa, vómitos, dolores musculares) que no tienen explicación médica.

De 6 a 12 años:

  • Irritabilidad extrema, cambios de humor constantes que pueden acompañarse de agresividad y dificultades en el control de la ira.
  • Pensamientos recurrentes sobre la muerte.
  • Estrategias de manejo emocional inadecuadas como autolesiones o ideación suicida.
  • Bajo estado de ánimo persistente con disminución del nivel de actividad, dejando de hacer cosas que para él antes eran placenteras.
  • En el polo puesto, sentimientos de alegría excesiva que no son congruentes.
  • Incapacidad para mantener rutinas.
  • Consumo de sustancias.
  • Bajada significativa del rendimiento académico.
  • Asumir responsabilidades por personas o tareas que antes no asumía y responsabilizarse en exceso.
  • Pensamientos persistentes y desproporcionados de culpa